lunes, 14 de octubre de 2013

En Metlatónoc, Guerrero, “no esperamos que el gobierno haga todo”

En las comunidades más abandonadas de la Montaña, se preguntan qué suerte les espera, qué rumbo tomarán los pueblos, cómo empezar de nuevo y cómo no desintegrarse frente a la desgracia, cómo reivindicar el derecho a su territorio, el mismo que no quieren dejar porque tiene historia, tiene palabra, tiene espíritu propio.

San Marcos, Metlatónoc, Guerrero. Los habitantes de esta comunidad, que estuvo incomunicada tres semanas después de las tormentas, están sentados en la cancha cuando oyen caer la lluvia y ven correr el agua por las casas que chorrean. La lluvia arrecia y hace sonar las láminas de aluminio y asbesto. Los niños prefieren taparse los oídos y una que otra mujer se toma de la cabeza como si le doliera algo, unas lloran, y las abuelitas empiezan a rezar, viendo hacia el cielo, a sus dioses, para que nada malo pase.

Está por cumplirse un mes de que se denunció la tragedia causada por las lluvias, y parece que los gobiernos tienen los oídos sordos. Aún no atienden la importante vía de comunicación del entronque Huehuetepec- Zitlaltepec- Chilixtlahuaca, lo que mantiene incomunicadas a más de 15 comunidades del ejido de Zitlaltepec, todas ellas de población indígena ñuu savi (mixtecas) del municipio de Metlatónoc.


Para llegar a la comunidad de San Marcos, en el municipio de Metlatónoc, el viaje comenzó en la ciudad de Tlapa de Comonfort el día lunes 7 de octubre a las 5:30 de la mañana con dirección a la comunidad. La camioneta de transporte de pasajeros sólo pudo llegar hasta Huehuetepec. De ahí se continúa el viaje a pie hasta San Marcos, porque la carretera que conecta a la comunidad con la cabecera municipal está deshecha y la que la conecta con Tlapa está en peores condiciones.

El recorrido para llegar a San Marcos duró aproximadamente nueve horas, y el viaje se hizo con alumnos de la Licenciatura en Desarrollo Comunitario Integral de la Universidad Pedagógica Nacional (UPN).  La guía fueron las autoridades de la comunidad: comisario y comisariado de bienes ejidales de Zitlaltepec, quienes iban de regreso al pueblo después de haber bajado a Tlapa a realizar su denuncia, que hasta el momento no tiene respuesta.

Durante el recorrido con rumbo al pueblo se ven grandes derrumbes, kilómetros de ellos sobre carretera. Hay zonas donde no es posible pasar y la alternativa son veredas o “caminos reales”, porque la vía quedó destruida. En algunas, lo que fueron pequeños ríos terminaron derribando puentes y abriendo grandes túneles de agua, piedras y árboles caídos.

El recorrido es complejo, tan sólo con llevar los alimentos propios. ¿En qué piensa el gobierno cuando dice que les pueden acercar los víveres a Huehuetepec, si vemos que hay zonas donde ni los animales de carga pueden pasar? No saben y no entienden, ni siquiera tienen la mínima idea, no han ido a los pueblos, y no irán porque no les preocupa lo que le pase a la gente. Los indígenas seguimos siendo cifras, datos e índices.

Riesgo de más derrumbes del cerro

Hay un temor entre los habitantes de San Marcos. Aquí, las tormentas Ingrid y Manuel cobraron la vida de cuatro personas. En número puede parecer poco, pero para la gente del pueblo representan hijos, niñas, jóvenes y un miembro ejidatario de la comunidad.  Se les recuerda con cariño, con tristeza, las mujeres lloran, los niños ven a los que llegan con rostro curioso. Señalan ellos que ya son más de tres semanas incomunicados.

El derrumbe y las grietas que se abren cada día más van en cuatro direcciones. Amenazantes, tienen al pueblo atónito y con pánico, por el recuerdo de cómo la avalancha enterró a un señor y a su nieta de cinco años. La gente vio morir a dos jóvenes del pueblo, que pidieron auxilio pero no se pudo hacer mucho. Todos están muy espantados.

Los niños y las mujeres se muestran preocupados; los señores ya no suben a la milpa y no salen ni por la leña. Están a la expectativa de lo que pueda pasar, a la espera de que empiecen a trabajar las máquinas para abrir esas brechas que los comunican.

Por las noches se oye ruido; a veces se siente que tiembla. No se sabe qué es. Los pobladores viven de día afuera de las casas, en la noche se van a casa de sus familiares o a la comisaría nueva. ¡Hay miedo!



De los destrozos de Ingrid y Manuel

En San Marcos, aparte de los cuatro fallecidos, hay aproximadamente cien parcelas afectadas, 400 animales arrastrados -entre chivos, vacas, pollos y guajolotes. De las casas, se reportan 17 destruidas totalmente, sepultadas, mientras que las demás presentan grietas internas, cuarteaduras y otras están a punto de caer bajo deslaves por las grandes grietas que tienen rodeada a la comunidad. Los sanmarquenses temen que otro derrumbe los sorprenda mientras duerman.

El alimento de la tienda DICONSA se terminó. El comisario, ante la emergencia, dijo que a los que “no tenían alimentos para esos días se les iba a fiar”. Así se hizo y ahora toda la tienda está vacía.

El apoyo ha sido insuficiente en víveres y un poco tardío. Casi dos semanas después del desastre llegó un helicóptero del gobierno federal -la policía, señalan. No han visto un solo apoyo del gobierno estatal ni municipal. De hecho, sólo fueron a “aventar las cosas”, relatan. No se presentaron y se sabe que vienen del orden federal por los sellos que tienen las pequeñas cajas con víveres. Estas cajas contienen una bolsa de arroz, una de frijol, una sopa, un aceite, un atún, un paquetito de galletas y un papel higiénico. Los helicópteros pueden llevar entre 40 y 60 despensas, y en San Marcos que hay registradas 85 familias (incluyendo mujeres solas o viudas, que son casas aparte).

Cuando se dio el desabasto, el comisario tuvo que dejar a algunas familias sin víveres y estos “deben esperar a que vuelva a venir el helicóptero, si bien les va”. Si no, tendrán que conformarse con lo que les puedan compartir.

Helicópteros sobrevuelan la zona, y la gente se pregunta cuándo volverá uno a San Marcos. Obdulia precisa que eso no basta, pues la gente quiere vivienda segura, no sólo despensa porque al menos tienen un poquito de maíz para estos días.

En los tres días de la visita, pasaron muchos helicópteros dirigidos a varias zonas de la Montaña. Eso permite dar la idea de que aún hay varios pueblos aislados, que los caminos siguen caídos y por lo tanto están incomunicados totalmente.

A lo largo del camino  que comunica a estas comunidades del ejido de Zitlaltepec, entre ellas San Marcos, “hay muchos derrumbes”, alertan los señores. Señalan que se necesitan tractores, pues no son derrumbes pequeños: hay peñascos y trozos del camino caídos, que necesitan quitarse con cuidado. Es un llamado urgente y de alerta que emite no sólo San Marcos, sino todo el ejido de Zitlaltepec y sus anexos.

“Vamos al derrumbe”

El tercer día empezó temprano. Acudimos a la zona de derrumbe con la comunidad pues quieren mostrar lo que sucedió y que la gente hable, a manera de reporte con toda la comunidad presente. Piden difundir lo que sucede.

Los habitantes de la comunidad hacen un llamado a las autoridades para que lleguen a apoyar a todos y den el auxilio que tanto pide la gente para ser reubicados. “Es urgente atender esta situación que vive nuestra comunidad“, señalan un habitante. “No queremos casas de dos metros como en la Barca”, precisa otro. “Necesitamos doctores y enfermeras, los niños tienen gripa y diarrea”, llama una mujer. Y preguntan dónde están los maestros. “A lo mejor están muertos también, porque ya es un mes que no viene a la comunidad”, aventura alguien. “Nos tienen abandonados”, acusan otros más.

Mientras hombres, mujeres, niños y abuelas caminan para mostrar la zona de derrumbe, se documenta con fotos y video los datos, las historias y los comentarios de cada uno de los miembros de la comunidad.

Durante este recorrido, los señores describieron los hechos, recordando aquel oscuro 16 de septiembre, cuando todo pasó y un derrumbe les arrancó en vida a cuatro de sus miembros.

Fue impactante volver a la zona del desastre. Más que derrumbe, a lo lejos se figura un campo de batalla, una zona dinamitada, pero no, es La montaña, el corazón del pueblo de San Marcos, municipio de Metlatónoc, devastado por el hecho físico pero también porque la gente quedó con miedo, en la espera de lo que pueda pasar mientras el gobierno no se digna a mandar a especialistas a revisar la zona.

 Las mujeres están tristes. Algunas lloraron; otras, con miedo, no quisieron pasar a la zona de derrumbe pues temen que en cualquier momento se venga encima todo el cerro, del cual se deslavó una sola parte.

Frente al uso político de los gobiernos, la organización comunitaria

Para el segundo día, se hizo un recorrido pues la gente pidió que se documentaran todos los daños. Hay una preocupación de qué hacer, cómo censarse, hasta dónde les harán caso. La inquietud generalizada es a dónde se irán a vivir. Se preguntan qué suerte les espera, qué rumbo tomarán los pueblos, cómo empezar de nuevo y cómo no desintegrarse frente a la desgracia, cómo reivindicar su derecho a su territorio, el mismo que no quieren dejar porque tiene historia, tiene palabra, tiene espíritu propio.

Todo se discute en asamblea. Casi todos los días se reúnen en la comisaria los principales con las autoridades. Se permite que las mujeres participen en las reuniones generales, porque son ellas son quienes ven cómo administrar bien los víveres para que alcancen para los hijos y no se queden unos sin comer.

La gente se organiza, no está esperando que el gobierno resuelva todo, pero como dicen, hay cosas que no pueden hacer ellos, como el estudio técnico de la comunidad. Demandan urgentemente la ida de especialistas a la comunidad. Obdulia remarca que “lo que más pedimos es dónde vivir, de la comida le buscamos, tenemos poco maíz, buscamos quelites y eso ayudará”. Son conscientes de que lo primero es que el pueblo esté seguro, porque es inhumano vivir diario con miedo a otro derrumbe.

Hay indignación entre la gente de San Marcos pues, denuncian, pareciera que hay una entrega con uso político. Los pobladores “nos fuimos a Ojo de Pescado”, indica Obdulia, pero no fue bueno. “Regresamos porque no nos acostumbrábamos, no había espacio ni agua. La gente fue solidaria al principio, pero luego las cosas cambiaron cuando llegaron los primeros apoyos. Decidimos regresarnos porque empezaron a molestarse con nosotros por las despensas y el apoyo que nos llegaba”.

Hasta ahora, denuncian, el presidente municipal no ha ido a la zona ni ha enviado a alguien. Lo que han logrado, consideran, es por la denuncia pública y el insistir que no pueden dejar a la gente olvidada, continúa Obdulia.

Relatan que los habitantes acudieron a a Metlatónoc el lunes siete porque les dijeron que les iba a llegar un apoyo de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo rural, Pesca y Alimentación (SAGARPA). Cuando llegaron a la cabecera municipal, les dijeron que fue un error, que no requirieron a la gente sino sólo copia de sus credenciales de elector.

“Las mujeres que iban pasaron hambre y frío, caminaron casi un día para regresar a la comunidad, cuidando a sus esposos alcoholizados porque el presidente municipal no tiene dinero para componer la carretera, pero sí para darles cartones de cerveza a nuestros paisanos”, denuncia Eric, un joven de la comunidad quien fue testigo de este hecho “indignante”.

No se sabe cuál será el rumbo que tomará San Marcos, comunidad atravesada por un gran derrumbe y rodeada por varios kilómetros de grietas. Mientras siga lloviendo, se incrementa el riesgo de otro derrumbe. “El pueblo está herido por muchos lados, y si no se atiende pronto el proceso de reubicación de las familias, en cualquier momento el cerro de en medio puede caerse por completo”, señala un habitante.

La gente considera que hay riesgo porque del cerro de enmedio solo se cayó “un brazo. Allá arriba está la grieta grande”, indica Antonino, comisario de la comunidad, preocupado porque en el lugar del derrumbe la tierra se está aflojando y las grietas que rodean a la comunidad siguen su curso. Además, no ha dejado de llover todos los días.

Mientras las lluvias arrecian, paran y continúan, entre familias y vecinos discuten y recuerdan aquel triste 16 de septiembre.  Algunos comentan en tu’un savi, su lengua materna, qué harán, qué pasará con sus familias, con su pueblo; a dónde se irán, si volverán a ver otro derrumbe, cuánto tiempo más aguantará la tierra sin deslavarse, hasta cuándo dejarán de estar amenazados.

En una reunión de la comunidad se discutió a dónde ir, cómo dejar su pueblo, si se irán juntos o cada quien tomará su rumbo. No hubo consenso. “Ahora tendremos que reorganizarnos”, dice don Alfredo. Otros más comentan que se tienen que decidir, pero en colectivo. Don Leonardo, un principal de la comunidad, comenta que “todos deben estar unidos más que nunca”.

Llamamiento urgente a los gobiernos

Como medida urgente, indican, se necesita que la comunidad sea reubicada. Una y otra vez la gente denuncia la falta de médicos y maestros, señalan que ni el gobierno ha querido ir y caminar la zona, mucho menos ingenieros o geólogos especialistas para que dictaminen la zona de riesgo donde se encuentra asentada la comunidad. Hay muchos zancudos por las lluvias y el lodo, que aún está húmedo. Es urgente la inspección de la zona porque corre riesgo de presentarse una epidemia de dengue en la comunidad.

Después del derrumbe del 16 de septiembre, la gente huyó del pueblo y se refugió unos días en Ojo de Pescado, una comunidad vecina, pero no se adaptaron por la falta de espacio y la escasez de agua y alimento.

Decidieron regresar a la comunidad de San Marcos, aún sabiendo el grave riesgo que corren. La gente se refugia en el centro de la comunidad porque en cualquier momento, las grietas llegarán a sus casas y provocarán los deslaves.

La imagen de la tarde son los rostros de la gente, todos sentados en la cancha cuando oyen caer la lluvia y ven correr el agua por las casas que chorrean. La lluvia arrecia y hace sonar las láminas de aluminio y asbesto. Los niños prefieren taparse los oídos y una que otra mujer se toma de la cabeza como si le doliera algo, unas lloran, y las abuelitas empiezan a rezar, viendo hacia el cielo, a sus dioses, para que nada malo pase.


Al fondo, un abuelo ofrenda un poco de aguardiente a la lluvia, savi chee, para que no caiga tan fuerte y nada malo vuelva a pasar.

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